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La “carrera armamentística” o cómo se llegan a tener fotos macro-extremas de muy buena calidad.

La “carrera armamentística” o cómo se llegan a tener fotos macro-extremas de muy buena calidad.

En algunos comentarios de “mi historia” he dicho que llevo más de 30 años haciendo fotos de plantas (emplear la palabra botánica, dados mis conocimientos, es demasiado presumir)

Debo reconocer que entré a hacer fotos de flores por una crisis de creatividad, no se me ocurría ningún tema interesante, y, por casualidad, hice una florecilla… y llevo esos más de 30 años, obsesionado con en el tema.

Más o menos coincidió la cosa con un pequeño golpe de suerte, unos dineros extras con los que no contaba, y realmente empecé mi archivo botánico con una cámara Mamiya 645 (ya nunca más volví al formato 24×36)

Ciertamente, mis conocimientos de fotografía eran limitados, autodidactas, recogidos en artículos de revistas y algunos libros de fotógrafos ilustres. Había “aprendido” con una cámara de 35 mm y había hecho algo de macro con anillos de extensión. La Mamiya 645 ya la compré, directamente, con un objetivo macro que me resultó totalmente insuficiente, la calidad era correctísima, pero yo “exigía más”. Para los fotógrafos de hoy, digitales todos ellos, quiero hacer notar que estoy hablando de principios de los 90 cuando el “apilado” ni se le conocía, “ni se le esperaba”. También esta época coincidió en que pasara a dar clases de fotografía en un instituto de Imagen y Sonido lo que me aportó bibliografías de las que yo desconocía su existencia y donde me sentí en la necesidad de superarme a mí mismo, en la necesidad de enseñar algo más que un escueto programa.

Fue cuando aprendí el funcionamiento de la cámara técnica, cuando me enteré de las leyes de Scheimpflug, cuando, después de haber invertido el sueldo de casi dos meses de trabajo en mi Mamiya 645, descubrí que la cámara que yo realmente quería valía 5 o 6 veces más (por descontado que no había ningún otro “pequeño golpe de suerte” ni ningún otro dinero extra) y que no me la podía costear… ¡fue el momento exacto de empezar mi larga vida de chapuzas!

Hice un experimento, interesante, que fue comprar de enésima mano una cámara técnica “Calumet” por cuatro chavos, la foto que encabeza este artículo, y un objetivo “profesional” para foto de estudio, un Apo-Symmar 135/5,6, francamente bueno (por el estado actual, visible en la foto, no hay duda de que está más que amortizado… ¡y sigue en activo!)

La mejora en definición fue espectacular, dejé de estar sujeto a las limitaciones del objetivo y pude empezar a mejorar la profundidad de campo.

En fotografía, el enfoque es una parte importante del lenguaje. Para los paisajistas es el menos básico de sus recursos, puesto que una gran parte de sus imágenes se enfocan a infinito y hasta se pueden permitir recurrir a la hiperfocal. Para los retratistas se convierte en imprescindible, ya que la expresión de unos ojos o la sensualidad de unos labios se pueden reforzar diluyendo el entorno con un desenfoque selectivo… y, para esto, la profundidad de campo es una gran aliada.

En fotografía macro, ¡por unos milímetros más de profundidad de campo, el fotógrafo “mataría”! En mi web ya hay un artículo explicando eso de la profundidad de campo.

El problema de la fotografía macro es que se trabaja con el sujeto muy cerca del foco del objetivo, prácticamente “metiendo el objeto en el objetivo”. La cuestión de profundidad de campo es un simple problema física y fisiología del ojo, nosotros, los humanos, no conseguimos “ver” cosas más pequeñas de unos 0,2 mm mientras que el foco es físicamente exacto (si no tuviéramos esta carencia de visión, todas las fotos tendrían un punto exacto de enfoque)

Esta zona de “duda” hace que apreciemos detalles en profundidad. En los paisajes que están muy lejos de objetivo “vemos detalle” tanto en primer plano como en el infinito. En los macros, donde el sujeto está muy cerca del objetivo es normal ver bien solo parte del escarabajo o de la flor o de lo que sea, el resto se ve desenfocado… y la mayoría de veces este desenfoque nos molesta.

Una solución para aumentar la profundidad de campo es cerrar el diafragma, algo se gana, pero el objetivo no tiene infinitos diafragmas y, además, a partir de un determinado cierre, lo que se mejora en profundidad de campo se pierde en dispersión de imagen, por la dispersión de la luz… ¡en toda la imagen enfocada! Esto es todo lo que se puede obtener de un buen objetivo macro, como el que compré con la Mamiya.

Otra solución está en recurrir a las técnicas de Scheimpflug, cosa que solo puede hacerse con una cámara de banco óptico o cámara técnica. Dado que la fotografía digital y el apilado de imágenes han dado mejor solución al aumento de la profundidad de campo, me abstendré de explicar las citadas técnicas, que por otra parte están más que publicadas en nuestro almacén de conocimientos, en San Google, los Dioses nos lo conserven.

Esta solución, si bien me resolvió la nitidez de mis macros de florecillas, me resultó extremadamente incómoda, en todos los sentidos. La cámara de banco o cámara técnica pesa varios kilos, es voluminosa como un par de cajas de zapatos y usa una película de 10×15 cm, espectacular en cuanto a calidad y definición, pero muy incómoda porque las fotos hay que cargarlas de una en una y, además, es una cámara lenta y complicada. Primero se pone una pantalla de enfoque y luego, quitándola, se sustituye por la película, todo ello sin mover la cámara, obligadamente sobre un buen trípode, más pesado que la cámara.

Entonces, dado que mi formación es técnica, que se mecanizar, se usar torno y fresadora, que tengo los conocimientos de taller de un Maestro industrial… y que tenía un amigo que me dejaba usar sus instalaciones (mi amigo Carlos Campins, los Dioses le hayan acogido), decidí compensar el dinero que no tenía con el tiempo que si me sobraba y mi capacidad de fabricarme una cámara de banco que conectara mi reciente objetivo Apo-Symmar con la Mamiya 645… En su momento la bauticé como la “BONET I”.

Pero, como acuñó Michael Ende en su “Historia Interminable”… Esa es otra historia que será contada en su momento

Digitalización de un archivo de diapositivas

Digitalización de un archivo de diapositivas

Escanear un “archivo de diapos” entra en los proyectos de larga duración. Los mayores recordamos cuando “no había otra cosa”, pero las diapositivas eran recién reveladas y, si se habían revelado bien, mantenían los colores intactos y, con un poco de suerte, no tenían polvo.

Actualmente, cuando aceptas escanear un archivo, sabes que son diapos antiguas, descoloridas, seguramente con los colores alterados y casi siempre sucias de polvo y pelusillas.

Cojamos por ejemplo la foto de portada, una diapositiva 6×6, tomada el 07/08/2005, hace 15 años. Se observa una fuerte dominante magenta, cosa bastante normal, además hay un montón de pelusillas y la madera que se eligió de fondo introdujo brillos en las vetas, debidos a las resinas. Y, ya que estamos criticando, el enfoque es pobre y, sobre todo, hay poca acutancia.

Aprovechemos para aprender sobre el concepto acutancia. La acutancia es el grado de contraste que se observa en los bordes de una imagen, o sea, cuanto mayor sea la acutancia más nitidez tendremos de la imagen. En la época de las imágenes químicas, como efecto secundario de las reacciones químicas con la plata de la película, todas las líneas “estaban mal reveladas” y los negros terminaban con un borde “más negro” y los blancos “más blanco” de lo que les correspondía, alta acutancia, es más, jugando con los agitados se la podía controlar.

En el mundo digital este efecto no existe, los sensores leen “correctísimamente” todos y cada uno de los píxeles, estén en un límite de detalle o estén en un color plano, por lo que las imágenes digitalizadas pueden parecer “de poca definición”. Esto implica que todos los programas de retoque fotográfico siempre tienen la función “enfocar”, que no es otra que, en todos los límites de detalles de la foto, marcar una línea con más blanco o más negro del que realmente le corresponde… y engañar a nuestros ojos. Los que usáis programas de retoque lo podéis comprobar fácilmente, ponéis cualquier imagen con mucho detalle al 100%, pelo, ramas de árboles, etc., y le dais a “enfocar”. Veréis perfectamente cómo se alteran los contornos.

Entendido qué significa “enfocar” en los programas de retoque, queda claro que si la foto está desenfocada enfocar no sirve para nada, “no enfoca”. Y otra cosa, esta alteración de la acutancia, esta mejora del contraste (que no enfoque) es muy agradable “siempre que no se vea”, dicho de otra manera, en las digitalizaciones siempre hay que terminar enfocando, pero “solo lo justo” al tamaño que se piensa ver la foto y siempre al final, porque es una alteración del archivo digital y si se hacen ajustes de color o contraste en una imagen “enfocada”, los bordes de detalles pueden hacer desastres.

Entonces volvamos a nuestra Daucus carota magenta, llena de puntitos y con poca definición. Yo suelo empezar por el retoque de puntos, pelusillas y rayas.

Podéis observar en las fotos, general y un detalle, cómo se han ido eliminando puntitos y pelusillas.

Si se ha entendido la importancia de la acutancia para que veamos nuestra imagen mas nítida, observad entre los radios de las semillas (se ve muy bien en el detalle) como hay polvo, puntos de resina o pelusillas. Si los quitamos, no hemos tocado para nada a las semillas o sus radios, pero las vemos “más limpias”.

Otra observación que viene al caso (que ha dado lugar a grandes discusiones)

Las fotos, ¿se tienen que retocar o no? Todas las opiniones son válidas y son buenas, la mía es que depende. En cierta ocasión participé en editar un libro de una pintora, el libro plantas y flores de Mme. Colette, no eran fotos, eran digitalizaciones de las acuarelas que esta pintora realizó durante toda su vida. ¿Se tenían que retocar? ¡NO!, evidentemente no. Hubiera lo que hubiera en la imagen, era la creación de Mme. Colette y nadie estaba autorizado a ninguna modificación.

Sin embargo si que quité unas manchas, algunas cagadas de mosca, unas anotaciones al margen de un cafre encuadernador o las marcas de una doblez por mal almacenaje. Incluso restituí colores de algunas obras que habían estado expuestas a demasiada luz y corregí marcas dejadas por paspartous.

En el archivo que estoy digitalizando ahora (independientemente de que yo soy el autor de las fotos) si que creo que se tienen que retocar. Un archivo de documentación botánica, pudiendo ser de una gran calidad visual, no lo considero como una creación artística. Por descontado que el autor es el creador de las imágenes y, por descontado, que el autor puede vetar su exhibición si no es en determinadas condiciones, el autor las puede elevar a la categoría de “obras únicas” (con algunas yo lo he hecho) pero admitamos que la finalidad de un archivo “de documentación” es para documentar, valga la redundancia. Lo mismo que me parece una monstruosidad “reencuadrar” una obra de arte o recortar un trozo de una escultura “para decorar un rinconcito”, admito que mi archivo de plantas debe ser lo más explícito posible con  la mejor definición y que, como en el ejemplo que estoy usando, habrá momentos en que será mas claro un detalle de la foto que la imagen entera.

Una vez limpia la imagen “de polvo y paja” (en las muestras solo he limpiado la mitad para que se pueda apreciar el efecto) se corrigen luz y color. Podría haber corregido el color en primer lugar, es correcto, pero yo prefiero hacer un ajuste preciso de la luz y color de la fotografía en el mismo momento. Corregir la luz con todas las porquerías me puede llevar a confusión, por tanto siempre sigo el mismo protocolo: primero limpiar la foto, después ajusto luces para que la exposición sea la mas adecuada, que haya las zonas negras que corresponda, manteniendo detalle en las sombras, y que no haya blancos quemados. En este punto puedo corregir el color con la precisión que me parezca, es cuando mejor aprecio si se ven dominantes. Si os fijáis, hecha la corrección de color, la foto queda perfecta, pero no se la ve nítida… le falta acutancia.

Para eso, para la acutancia, existe lo de “enfocar”. Le damos el toque necesario, sin que en ningún momento se vean los bordes y ya podéis comprobar la diferencia (mejor en los recortes)

Todo este proceso, “tontamente hablando”, puede estar ente media y una hora por diapositiva. Si el encargo, como es el caso, son en principio 3.263 diapositivas, ¡vayan haciendo cuentas!… Esto referente a archivos antiguos de botánica, en diapositiva. Cuando esté todo listo se añadirán otras casi 3.000 diapositivas de etnología y paisaje.

Como queda patente, mi intención personal es compartir, transmitir, difundir todas mis técnicas, al menos el “cómo lo hago yo” por si sirve de ayuda al resto del mundo. O sea, si os parece incompleto, no dudéis en preguntar. Y si os parece interesante, ¡no dudéis en compartir!

Solo por la difusión y extensión del conocimiento se puede progresar. ¡Del oscurantismo nunca salió nada bueno!

Calidad de la luz para fotos de naturaleza

Calidad de la luz para fotos de naturaleza

Iba a decir que tenemos un serio problema, pero no es verdad, en realidad tenemos una gran virtud. El ojo humano, ayudado por el cerebro, pasa por encima de la física y se inventa los colores. Es más, este “súper ojo” es capaz de ver diferente en las sombras que en las luces. El invento de conos y bastones (receptores de color y receptores de luz, de blanco y negro) permite al cerebro analizar una escena bajo dos puntos de vista diferentes, como luces y sombras, con extrema sensibilidad, prácticamente a oscuras y luego, por separado, colorear la imagen, bien sea con la realidad que leen los conos, bien sea recurriendo a la memoria que recuerda que aquel tomate era rojo.

Esto nos da unos ojos capaces de separar, cómodamente, puntos con diferencias de luz de más de 1000 veces, hablando en términos fotográficos,  unos 10 diafragmas o, a veces, hasta 12-14 diafragmas y, además intuyendo colores casi reales hasta en las condiciones más duras, sean o no inventados. Si conjugamos la visión real del ojo y la capacidad del cerebro para centrar la atención en detalles aislados, el conjunto ojo-cerebro es capaz de “salvarnos la vida” en situaciones de hasta 24 diafragmas, o dicho de otra manera, podemos ser capaces de separar puntos con diferencias de luz de unos 15.000.000 de niveles… ¡Problema ninguno!

Pero lo que para nosotros no, para las cámaras si se acerca al problema. En primer lugar, los mejores y caros sensores actuales se mueven sobre los 10-14 diafragmas (de las cámaras baratas no hablemos y de la antigua película, positiva y negativa, menos, que se quedaba en los 5-6 diafragmas) Luego, un sensor no tiene cerebro, es lineal y no se sabe inventar colores, lee, exactamente, lo que “ve”.

Hay determinados tipos de fotografía en los que nos podemos permitir licencias, pero en la fotografía científica no. El color de unos pétalos o un determinado tipo de verde o el color de la tierra son tan importantes como la planta en sí, de hecho la planta produce antocianinas que la definen. Nosotros no somos nadie para cambiar esta característica de la planta.

Empecemos pues por foto en la naturaleza, con iluminación natural. Aquí lo tenemos relativamente fácil, el sensor se fabrica emulando el rango del ojo humano, es capaz de leer las cantidades necesarias de Rojo, Verde y Azul para que nosotros no nos confundamos. Solo hay un problema (del que muchos fotógrafos aficionados de hoy no son conscientes) y es que la luz del sol no tiene “el mismo color” a lo largo del día, o si estamos en la sombra, o si está nublado. Como la luz del sol debe atravesar la atmósfera, hay más km de atmósfera húmeda a atravesar por la mañana que aire seco al mediodía o km de atmósfera seca por la tarde. Luego, si se nubla, las nubes son vapor de agua (a atravesar), a veces en las nubes puede haber sal, o polvo…

Todas estas situaciones alteran el color de la luz solar, pero tenemos una ventaja, el Sol emite lo que se llama un espectro continuo, emite ultravioletas, azules, verdes, rojos, amarillos, hasta los infrarrojos (que a nosotros nos interesen, emitir, emite más)

Esta disponibilidad de “TODOS LOS COLORES” nos permite un truco que es estandarizar un “balance de blancos”, o dicho de otra manera, registrar una superficie blanca como de color blanco. El color blanco es una mezcla exacta de todos los colores visibles, entonces si una cartulina blanca, que sabemos cierto que es de color blanco, la vemos coloreada significa que la luz tiene exceso de aquel color, se rebaja el color y ¡asunto resuelto!

He comentado que hay aficionados que no son conscientes de este problema porque cualquier cámara actual lleva incorporado un sistema automático de corrección, AWB, que lee el color de la luz justo antes de realizar la toma y lo ajusta. En cámaras de alta gama, este ajuste es, incluso, “ajustable”. Luego, todas las cámaras llevan pre ajustes para otros tipos de luz, tungsteno, fluorescente, etc.  Esto hace que, con mucha facilidad, siempre tomamos nuestras fotos con una luz blanca estándar, bien equilibrada… Siempre que hablemos de luz natural.

Ahora pasamos a la foto en estudio, con iluminación artificial. Hace años solo se disponía de bombillas y flashes, ambos de espectro continuo. El flash, con un espectro ajustado al blanco de referencia (5500ºK), semejante a la luz del sol y que no había que retocar y el tungsteno, las bombillas, con un tono más o menos rojizo, según el tipo. Las bombillas baratas, las “de cocina”, muy rojizas, con una temperatura de color de unos 2700ºK y las halógenas algo menos rojizas, con temperatura de color de unos 3000ºK.

Actualmente ha habido un cambio drástico. Las lámparas de incandescencia, el filamento incandescente que inventó Edison y que ha alumbrado el mundo más de 100 años, presentan un grave problema, solo alrededor de un 10% es luz visible, el 90% restante son infrarrojos, calor… y pérdida de rendimiento.

Como que “las ciencias adelantan que es una barbaridad”, ahora nos iluminamos con la física atómica, excitando átomos de sodio, mercurio arseniuro de galio, etc. todas las bombillas actuales, de bajo consumo, han conseguido eficiencias de más del 90%, a base de dar una luz “físicamente rara”, no dan un espectro continuo, potencian determinados colores, según el proceso físico que usen y los átomos que exciten.

Para nuestros ojos no es problema, porque nuestro cerebro “repara” los colores alterados, pero para un sensor sí que lo es, el sensor es lineal y si falta un color el sensor no lo sabe inventar. Es más, cuando intentamos retocar los colores, como algunos “no están”, no existen, la foto fácilmente presenta colores irreales. Emplear iluminación LED o de bajo consumo nos puede alterar los colores de la realidad.

Por eso, tal como se ve en la foto de portada, recomiendo iluminar con un foquito de lámpara halógena. Como buena lámpara de incandescencia que es, nos dará una luz rojiza que, con bastante precisión, podremos ajustar al blanco estándar (de hecho con AWB, la cámara lo hará automáticamente y bien) o podremos poner nuestra cámara en “luz de bombilla” y la corrección será incluso más precisa.

El sistema es fácil y barato, basta comprar un flexo que soporte una lámpara halógena y “prueba superada”. Como que el sensor será lineal, las sombras podrían quedar demasiado negras. Yo lo he resuelto con unas cartulinas blancas y haciendo una simple iluminación de estudio.

En la foto se aprecia un cristal cuadrado delante del foco. Al ser incandescencia la lámpara emite infrarrojos que calentarán el objeto a fotografiar.  El cristalito es un filtro de infrarrojo (que encontraréis en el interior de cualquier proyector de diapositivas) y que os evitará el calor. Fotografiando planta verde se agradece mucho, porque en unos pocos minutos de iluminación podéis conseguir la fritura de cualquier flor.

Para fotografía macro, objetos no más grandes que una naranja, el flexo, el foquito y la cartulina se convierten en todo un estudio fotográfico. Si, como se aprecia en la foto, todo se maneja en un espacio negro, por ejemplo una caja de cartón forrada de cartulina negra, el control de la luz es total.

Yo sigo en mi línea de abrir mis secretos al mundo, y ya sabéis, si el tema os ha parecido interesante, decídselo a vuestros amigos, que “cuantos más son, más se ríen”.

Técnicas de estudio

Técnicas de estudio

No queda bien, suena a pedantería, ¡pero es que hay días que uno se levanta chulo!

Cuando empecé a sacar fotos de semillas, teniendo en cuenta que mi formación botánica es nula, busqué algún libro del tema “para plagiar”. La verdad es que ideas me bullían, pero quería ver como lo enfocaban los profesionales… ¡Qué decepción!

Unas fotos botánicamente perfectas, con vistas en “planta, alzado y perfil”, perfectamente identificado el eleosoma, marcadas las asimetrías, con las estrías perfectamente alineadas… Básicamente, un puñado de habichuelas sobre una cartulina blanca y una toma cenital, seguramente con un flash anular “que lo ilumina todo por igual”, sin sombras.

No me cabe la más mínima duda que las fotos que vi (y que tanto me decepcionaron) pueden sustentar una sesuda tesis doctoral sobre la reproducción de las plantas o sobre el mutualismo de las hormigas y la utilidad del famoso eleosoma.

En este momento entendí que no tenía el más mínimo interés en la botánica, que lo que me interesaba era la fotografía… pero es que las imágenes de naturaleza en general, para mí al menos, pueden resultar más sugerentes que el mundo de la moda, por ejemplo. Decidí que me quedaba con el tema, la botánica y el mundo científico de la biología, pero que las fotos las iba a hacer “a mi aire”.

Con los años, algo he llegado a aprender de biología vegetal, ahora ya llamo a muchas plantas por su nombre, en mis fotos sale el eleosoma, incluso he llegado a hacer fotos “a medida” para que un Señor Doctor en biología publicara un artículo… ¡pero me sigo negando al puñado de habichuelas sobre una cartulina blanca!

La foto que encabeza este artículo es de Lemna giba, la conocida lenteja de agua. Se trata de una planta extremadamente simple, un par de hojas y una raíz. Las hojas tienen alveolos que la hacen flotar i la raíz cuelga en el agua mientras absorbe nutrientes. Su tamaño es minúsculo, unos milímetros, pero se reproduce muchísimo, hasta el extremo de colonizar estanques enteros, por ejemplo el de la foto, debajo de esta alfombra verde hay agua limpia, para regar coles.

Seguramente un buen botánico hubiera fotografiado la L. giba sobre la consabida cartulina blanca o hubiera sacado fotos de los alveolos en el microscopio, incluso hay una buena foto científica de la raíz junto con una regla milimetrada (para documentarla)

A mí, lo único que se me ha ocurrido es que “se trata de una planta de agua”, que quedarían mejor fotos submarinas (no descarto pedir permiso al dueño del estanque de la foto, ¡es broma!)

Y, después de este rollo, viene la “técnica de estudio”. Chapotear en el estanque puede ser muy divertido, pero poco práctico. Pensad que, por el tamaño de la planta, necesitamos un buen nivel de macro, será necesario recurrir al fuelle y, si pretendemos alto nivel de calidad, se agradecerá una foto por capas, con movimientos micrométricos (para evitar en lo posible la difracción y poder usar una gran profundidad de campo). Añadamos que, ya que estamos,  usaremos una cámara de 51Mp, de varios miles de euros… Si os fijáis, conforme voy escribiendo le voy cogiendo miedo al agua. Meter todo el equipo necesario en el estanque saldría por un ojo de la cara en cajas estancas. Vamos, que es mucho más práctico poner la L. giba en un vaso y hacer la foto a través del cristal.

Aquí es donde empieza el proceso “MacGyver”. Dadas las dimensiones de la planta, puede ser perfecta una ampliación de X4 o X5, exactamente lo que da mi cámara de fuelle de 80cm. Pero, para que sea manejable, esta cámara está montada fija en una columna de ampliadora, con avances micrométricos para su enfoque y para poder seccionar la imagen por capas.

Espectacular en cuanto a calidad y precisión, pero solo puede tomar fotos en vertical, para tomarlas en horizontal se pierden los mandos micrométricos… y el agua no se aguanta bien “de canto”.

Las soluciones siempre se pueden simplificar. Recurriendo a un espejo, los rayos de luz “pueden doblar esquinas”. Es fácil, colocando un espejo a 45º el eje de enfoque de la cámara se convierte en horizontal, además, tengo la suerte de usar un objetivo de 135mm de distancia focal. Da menos aumentos (con el inmenso fuelle, solamente X5) pero me permite espacio para hacer estas virguerías.

Para mí, cada foto termina siendo una aventura, en cuanto se te enciende la bombilla aparecen los problemas, ¿Cómo aguanto el espejo a 45º? ¿Cómo me las apaño para que la planta esté a esos 135mm del objetivo? ¿Cómo consigo que el fondo de la foto sea oscuro y contraste con la planta y el espejo del agua? (supongo que os vais dando cuenta que la cartulina blanca y el flash anular no me sirven en absoluto)

Siguiendo las más elementales tradiciones de los estudios de cine, ¡recurramos al cartón!

Con un cutter, cartulina y cola de carpintero se van resolviendo todos estos problemas, se construyen bases y soportes, se aguantan de pie trozos de cartulina negra o se usan unos cuadradillos de 1cm que tuve que implementar en otra ocasión, para otro problema (en aquel caso tenía que colocar, “volando” un reflector para matar una sombra, y los cuadradillos actuaron de “viga de soporte”)

Mi forma de trabajar, aunque sean soluciones de cartón pegadas con cola, intento siempre que sean precisas. Esto ayuda a obtener fotos “limpias”, pero es que estos artilugios no se tirarán, conservados en una caja, algún día me resolverán otra “pega”.

En este caso, el espejo que he usado es un espejo óptico, la capa reflectante está en la superficie frontal del cristal y no en su parte trasera. Un simple espejo de baño también hubiera servido, pero hubiera exigido más controles en la iluminación. Al tener la superficie reflectora y la superficie frontal del cristal, a veces, según como incida la iluminación (y fotografiando cristales reflejados en un espejo, más) se generan halos, bastante molestos.

A veces me han comentado que “estos secretos” no se deben contar. Todo va en gustos, yo disfruto haciendo mis fotos, pero es que cuando veo algunas publicaciones me dan vergüenza ajena. Por descontado que yo tengo “mis” gustos, yo veo “mis” encuadres, en “mis” fotos yo gestiono “mis” luces y sombras, esto forma parte de mí.

Pero la técnica debería ser universal o, por la misma regla de tres del secretismo, se deberían cerrar las escuelas y mantener a los demás en la más absoluta ignorancia… ¡Siempre he luchado contra esta idea! Se ve que 40 años trabajando como docente imprimen carácter.

En fin, amigo lector, si te ha parecido interesante cuéntaselo a tus amigos… En Mallorca se dice que “cuantos más son, más rien”.

Técnicas en la fotografía de campo

Técnicas en la fotografía de campo

Técnicas para luchar contra el viento en la fotografía de campo, o de cómo inmovilizar al sujeto para poder tomar una foto, normalmente con el diafragma cerrado y a baja velocidad.

Como todas las actividades que en este mundo han sido, “todo tiene su qué”. Hacer fotos de natura implica aceptar pelearte con ella.

Mientras nos dediquemos al paisaje, hacer fotos dependerá de nuestro pulso o de lo estable que resulte nuestro trípode. Es cierto que hace aire y las hojas se mueven, pero en la foto no se aprecia.

El problema aparece al dedicarnos al macro… ¡y no digo nada del macro extremo! Pensad que si el encuadre es de una flor de, por ejemplo, 30 mm, con un estilizado pedúnculo de varios cm y el viento, incluso una delicada brisa, la mueve, fácilmente la flor oscilará 5 a 10 mm, pero es que, además, en las ráfagas se moverá rápido, compulsivamente, a veces temblando agitada. Lo de conseguir disparar el obturador en el momento que esté quieta o a una velocidad más rápida que sus oscilaciones es todo un reto.

Recordemos que en las tomas macro, estamos dispuestos a vender nuestra alma por poder cerrar un punto de diafragma “más” y que esto nos lleva a velocidades bajas (fácilmente a 1/15 de segundo)

Si, además, estamos en macro extremo, que estamos limitados por los problemas de difracción y profundidad de campo, la solución sabemos que es tomar distintos planos a distintas profundidades de imagen y apilarlos (ventajas de la foto digital, antes, con película, esto era ciencia ficción) Haceros a la idea de que el viento nos pase la flor de un lado a otro del fotograma… ¿cómo se apila esto luego?

Por eso, aparte de equipo fotográfico, siempre paseo estos artilugios. Básicamente un mini trípode y dos púas fáciles de clavar en la tierra (no siempre hay tierra, a veces es roca). En beneficio del “todos con todos”, estos tres soportes acaban en la rosca típica de máquina fotográfica, la de ¼”. Como soy “del oficio”, hace años que compré un juego de machos y una terraja y rosco a diestro y siniestro. Si no conocéis la técnica (que es bastante fácil y no muy cara) cualquier mecánico os pondrá roscas, macho y hembra, en casi cualquier sitio.

También paseo varios palmos de hilo de cobre y un par de trozos de hilo soldados a una tuerca de ¼” (en algunas ferreterías, cada vez menos, siguen vendiendo tornillería de ¼”, los pasos ingleses de antes del Sistema Métrico Decimal, que es de donde sale la rosca de cámara de fotos) Con esta tornillería y un poco de inventiva es fácil hacer artilugios para aguantar cámaras y accesorios.

Luego, en el mundo de la electrónica, encontré una joya para el caso, las antenas telescópicas de radio. Las hay bastante recias y tienen la ventaja de “estirarse” a la medida de la planta a fotografiar. Roscándolas en la base y soldándoles un trozo de hilo de cobre con una pinza de cocodrilo son fáciles de montar en el mini trípode o en una púa.

Con este “mecano”, una vez elegido el sujeto a fotografiar, se coloca un auténtico andamiaje de sujeción, por descontado que no salga en la foto, pero que inmovilice la flor o fruto contra los embates del viento.

Otro truco que uso, llevo la consabida rosca de cámara en el trípode y una mini rótula, esto me permite sujetar alguna de mis antenas telescópicas al mismísimo trípode donde está la cámara y dirigirla al brote que quiero fotigrafiar. Esto es especialmente interesante cuando el sujeto está en una rama alta (manejo un trípode de 1,80 m y los alambritos, a esta distancia, poco sujetan)

Pero, si os fijáis, siempre es lo mismo, roscas estándar de cámara, antenas de radio roscadas, trozos de hilo de cobre (fácil de manejar) y estas mini rótulas porque las antenas “no se doblan”.

Introducción a la Microfotografía

Introducción a la Microfotografía

En otro artículo de este blog di unas primeras pinceladas al macro extremo, en particular a los problemas de profundidad de campo que plantea y a la influencia de la difracción. Lo que nos obligaba a elegir entre cerrar diafragma o mejorar definición… o, lo que nos resultaba, que para tener una buena imagen sacrificábamos profundidad de campo y había que recurrir a las tomas por capas y el apilado (¡Demos gracias a los Dioses que vivimos en la era digital! Este proceso con película resultaba prácticamente imposible, por eso se recurría a las correcciones de Scheimpflug)

Vamos ahora a estudiar, muy simplificadamente, los problemas de la microscopía, empezando por un paralelismo entre cámara adaptada a macro, con fuelle, y el microscopio óptico.

Si observamos las figuras, la formación de imagen es bastante similar en ambos instrumentos. En el caso de la cámara usada en macro tenemos un objetivo, en realidad un juego de lentes positivas que se pueden simplificar a una sola. Para el microscopio se da la misma realidad, un objetivo de lentes positivas.

En la cámara macro nos conformamos con nuestro objetivo y un fuelle y pasamos directamente a tomar la foto, sea con película o con sensor. En macro usaremos objetivos de entre 50 y 100 mm de distancia focal y fotografiaremos objetos de bastantes milímetros, normalmente casi tan grandes como el sensor, con lo que solemos hacer tomas entre x0.5 y x5, a veces se puede llegar a x10. Lo típico, insectos, semillas, partes de la flor, etc.

En el microscopio somos más ambiciosos, para empezar podemos comenzar por ampliaciones x40 o x100, son normales x200 y hasta x400. Para conseguir imágenes tan ampliadas se suelen usar objetivos de escasos 10 mm o menos. No se usa fuelle, se construye un sistema sólido, con todas las partes roscadas y solidarias, perfectamente mecanizadas. El fuelle de la cámara macro es equivalente al cuerpo del microscopio. Además, no nos conformamos con la imagen que nos da el objetivo, en el microscopio ampliamos esta imagen con otra lente de aumento, el ocular.

Ahora es interesante repasar como se forma la imagen en una lente. Recordando aquella física de bachiller, hacíamos la composición de la figura y nos salía la imagen invertida.

En fotografía “normal”, el objeto está muy lejos del foco de la lente, para un objetivo de 50 mm, que el objeto esté a 15 m o en el infinito nos forma las dos imágenes muy cerca una de la otra. Luego, si recordamos aquello de los círculos de confusión, es relativamente fácil conseguir una profundidad de campo digamos que “cómoda”.

Cuando llegábamos al macro extremo vimos que la cosa se complicaba, el objeto ya está bastante cerca del foco del objetivo y hay que empezar a pensar que nuestro objeto no será una imagen plana, un sello de correos por ejemplo, más bien será una nuez, que tiene un volumen considerable. No todas las partes de la nuez están a la misma distancia del foco de la lente, no todas las imágenes de cada punto de la nuez se forman a la misma distancia. Véase sino la figura, conforme acercamos el objeto al foco, la imagen se forma cada vez más lejos, en este caso mucho más lejos.

Repitamos el dibujo para una lente que enfoca un objeto real, con muchos puntos a considerar (en el dibujo solo dos, por claridad)

Aquí se presenta el problema que ya anunciábamos en macro, los puntos 1 y 2 nos dan las imágenes 1 y 2, en este caso muy separadas al acercarnos al foco de la lente, pero la profundidad de campo no tiene por qué cubrir estos dos puntos y que conste que en el dibujo hemos exagerado, la profundidad de campo NUNCA es así de grande.

Una curiosidad, que tiene explicación matemática que no demostraremos, es que si se analizan los círculos de confusión en los distintos puntos de enfoque, para un diafragma concreto, se comprueba que la profundidad de campo se reparte en un tercio “del objeto hacia la cámara” y dos tercios “del objeto hacia el infinito”. Esto viene dado por lo de “más cerca del foco – más lejos la imagen” y, en los planos de imagen, la profundidad de campo vendría a repartirse según el dibujo, repetimos que exageradamente.

Todo esto sucede igual en una cámara que en un microscopio. En mi cámara, por ejemplo, usando un objetivo de 135 mm y haciendo tomas x2, tengo una profundidad de campo, comprobada, de 1,6 mm. Si hago las fotos con microscopio, por ejemplo en tomas x100, la profundidad de campo se reduce a 15 micras (0,015 mm), vamos, ¡un desastre!

De ahí que cuando se mira con un microscopio no vemos nunca el objeto entero, siempre hay que ir “subiendo y bajando” el foco. En los trabajos de microscopia científica lo normal es mirar láminas extremadamente finas o líquidos prensados entre un portaobjetos y un cubreobjetos, del grueso justo para lo que queramos ver y poder aprovechar al máximo la poca profundidad de campo, además sin posibilidad de variación. Los objetivos de microscopio no incorporan diafragma, son de abertura fija.

En el caso de la documentación que yo practico, me resulta más interesante fotografiar “objetos”, más que “superficies”. El tema que yo trato es más de frutos y semillas, objetos en volumen que pueden llegar a resultar más gruesos que anchos, vamos, que para mí es normal hacer tomas a un fruto con semillas con un volumen de 1x1x1 mm, a una ampliación de x100, con una profundidad de campo real de 0,015 mm (15 micras)

El caso, por ejemplo, de esta semilla de Anagallis tenella. Esta semilla, que se ve en la foto de microscopio ampliada x100 y de la cual presento un esquema de cómo se hizo, tiene escasamente 1 mm, pero es que el microscopio, ampliando x100, me da escasamente 0,015 mm de profundidad de campo.

Para sacar esta foto, con este detalle y esta definición se tomaron 40 planos, separados las 15 micras de rigor, 40×15=600 micras. Aparentemente insuficiente para “cubrir” toda la semilla, pero solo estaba interesado en la parte de semilla “que sale en la foto”, la parte de abajo queda escondida.

Básicamente, con estas explicaciones, queda definida la microscopía de objetos.

La iluminación será una clásica de estudio, la típica “Rembrand con luz lateral”, por ejemplo. Procurar una luz que de algo de volumen al objeto, tal cual se apunta en el dibujo. Teniendo en cuenta que nuestros objetos serán milimétricos, se agradece mucho contar con una fibra óptica que nos facilite dirigir la luz.

Como nota curiosa, solo he sabido resolver bien la toma hasta x200. En el microscopio, cuando quiero hacer ampliaciones x400, el objeto me queda a 0,6 mm del objetivo y “no tengo espacio” para colocar la luz “donde yo quiero”. Esto me está limitando, por ahora, en las fotos de esporas (objetos de muy pocas micras que exigen ampliaciones de x400 o x1000)

El otro colofón necesario a este tema viene determinado por “la calidad mecánica” del microscopio. Ha quedado claro que todo el secreto de la microscopia de volúmenes viene determinado por la posibilidad de ir enfocando por capas de unas pocas micras. Esto implica tener un ajuste de desplazamiento fino sensible y sin resistencia, a la par que preciso micra a micra, un cuerpo de microscopio sólido, pesado, con un mecanizado de precisión, que no vibre en absoluto… En pocas palabras, ¡nada que no se arregle con dinero! De la óptica no hay que preocuparse, cualquier microscopio con buena y cara mecánica aporta una óptica de lujo para nuestras fotos.

Y el último comentario, una vez realizadas las tomas, que recomiendo realizar con la mejor calidad de sensor posible y siempre en formato RAW, para poder aprovechar al máximo todas sus posibilidades, entramos en la parte informática.

No descarto que en el futuro me pueda creer capacitado para escribir sobre el tema. En este momento no soy más que otro aprendiz.

En mi caso, lo primero que hago es revelar los archivos RAW, forzando la claridad y el enfoque de cada una de las tomas. Esto es necesario porque los programas de apilado se basan en seleccionar las partes de cada toma con mayores acutancias, para separarlas y montar un mosaico con ellas… y así elegir cada una de las partes enfocadas de cada una de las capas y presentar una toma única con una profundidad de campo imposible.

A continuación cedo el protagonismo al programa de apilado (yo uso Zerene Stacker, pero puede que haya otros iguales o mejores)

Solo hay un problema con el apilado, cuando se toman las fotos, para enfocar las capas se varía la distancia objeto-objetivo, con lo que cambiamos el tamaño del objeto, de una toma a la siguiente. El programa de apilado recalcula y unifica estas variaciones de tamaño, pero es inevitable que haya algunas superposiciones fallidas. Esto me obliga a recurrir, en último lugar, a un procesador de imágenes, a retocar “fantasmas” que rodean algunas partes de la imagen, y, ya que estamos, a limpiar la toma de puntos residuales, polvo, pelusas, etc.

Por el mismo precio, acabo la foto con un ajuste general de luz, color, contraste y foco, por aquello de dejar una foto “que parezca importante”.

Para un futuro, me gustaría probar un “microscopio confocal”, solo lo conozco de teoría, leído en internet. Pienso que me daría las mismas imágenes, pero bastante más limpias, con foco más definido, con contrastes y superficies más naturales y con menos “fantasmas”. En internet he visto, también, el precio y sospecho que tardaré en probarlo… todo dependerá del futuro del proyecto de Fundación Pep Bonet Capellá y la suerte que pueda tener con mecenas que la apoyen.

Mientras tanto, con la técnica descrita, llevo hechas bastantes cientos de fotografías microscópicas de flores, frutos, semillas, esporangios y alguna espora que han engrosado el archivo botánico… aquello de “pasito a pasito”…