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Reforzando la idea de la Fundación, ¡he editado un libro!

Reforzando la idea de la Fundación, ¡he editado un libro!

En Mallorca decimos “de sa feina surt es profit”, literalmente, del trabajo sale el provecho.

No os daré “la turra”, pero, en los años que llevo publicando en redes he ido contando muchas de mis aventuras que, al fin y al cabo, han representado trabajo, sea por mis viajes, por mis construcciones, por el archivo de fotos logrado, por tantas y tantas cosas que llevo hechas. Siempre haciéndolas con el ánimo de que fueran “útiles”, pero con la clara idea de divertirme.

Entre tantas cosas que me definen está que hace más de treinta años que empecé a hacer fotos de “florecillas”. Un día, por casualidad, me llamó la atención el fruto en forma de judía de un árbol de una urbanización… ¡y me enganché al tema! A estas alturas ya presumo de que llevo media vida detrás de frutos y semillas, obsesionado.

Hace unos cinco años, J. L. Gradaille, a la sazón director del Jardín Botánico de Sóller, me recordó una conversación que llevábamos manteniendo desde finales del año 2000, y que no llegábamos a terminar: ¿Qué hacemos con mi archivo de frutos y semillas?

Llevábamos años hablando de editar un libro sobre la dispersión de las semillas, con aquello de “habría que hacerlo”, “es necesario”, etc., pero nunca “nos poníamos a hacerlo”. El detonante es que hace esos más o menos cinco años, un susto de salud nos recordó que somos finitos y que, si hay que hacer algo, ¡hazlo!… que para mañana puede ser tarde.

Hace, precisamente, unos cinco años Pep Lluís y yo nos metimos en un berenjenal. Por aquel entonces yo ya tenía un archivo de cerca de 500 taxones, había varios miles de fotografías seleccionadas, todas correctas. (Como nota personal, desde que entré en el mundo de la diapositiva de formato medio, profesional para los amigos, cualquier foto técnicamente incorrecta, movida, desenfocada, mala luz, etc., acabó en la basura)

Con estas referencias nos creíamos que montar el libro serian un par de meses de trabajo, ¡ja! Empezamos a seleccionar y empezaron a salir problemas tontos, Pep Luís, que llevaba el peso botánico (sabe del tema muchísimo más que yo) se miraba una foto, ­- “¡Uauuu! ¡Qué maravilla de foto! ¡Espectacular!… lástima que no se ve bien la dehiscencia”-

¿Qué puñetas debe ser una dehiscencia?, me preguntaba yo. Miraba la siguiente, se volvía a emocionar mucho, pero ahora no le gustaba el ángulo de toma porque, justamente este fruto o semilla se caracteriza por un eleosoma, o por unos pelos, o por vete tú a saber qué, y con el ángulo de toma que yo había elegido, precisamente esta tontería botánica no destacaba… ¡La foto espectacular, para enmarcar!… lástima de la tontería.

Dicho así parece que todo mi archivo era un fracaso, no, no es cierto, el libro que llegamos a montar salió, casi todo, del archivo original. Pero si que se tuvieron que replantear un centenar de fotos. Dedicar media vida a construir un archivo digamos que es cómodo, vas haciendo, pero, estoy escribiendo esto en abril, en primavera. Como alguien me pida un madroño con mucha urgencia, por muchos milagros que pueda hacer, ni lo comeremos ni le haremos fotos hasta el otoño próximo.

Todas estas fotos “tan maravillosas, pero que se podían mejorar” nos pusieron a contrarreloj. Pero, más problemas, el libro es de flora silvestre y las plantas nacen y crecen “donde les da la gana”. No solo había que esperar, además había que ir a buscarlas… y no os creáis que crecen al lado de casa, muchas veces lo hacen en lugares insólitos, teniendo que ir varias veces hasta encontrarlas “en sazón” … ¡maldita dehiscencia! Nos ayudó mucho que el Jardí Botánic de Sóller sea un jardín de conservación y tenga, vivas, bastantes de nuestras carencias, pero, así y todo, no nos salvamos de un montón de viajes a “herborizar”, o mejor dicho, a “semillear”, ¡al otro lado de la isla!

Está claro que la selección ya fue problemática, Ítem más, la maquetación. Quien escribe una novela manda el texto, escrito a mano si hace falta, al maquetador y se desentiende. Pero, si resulta que un pelito, o los restos de un pistilo o la famosa dehiscencia son tan importantes que tuvimos que ir cinco veces a la Albufera para repetir una foto, ¡solo nos faltaba que el maquetador (que no tiene por qué ser botánico) nos fastidiara la foto! Sin tener excesiva idea del tema, nos pusimos nosotros a recortar fotos… y, ya que estábamos, tuvimos que contar las palabras de los escritos de TODAS las fichas, en tres idiomas, para que se pudieran colocar en el rincón que quedaba… ¡CINCO AÑOS, CINCO, MONTANDO LIBRO!

En fin, que “de sa feina surt es profit” y el día 6 de abril del 2022 presentamos en público “DIÁSPORAS, frutos y semillas de la flora balear. DISPERSIÓN”. Es un éxito personal, por fin he escrito un libro, pero es que, es más. Estos últimos años procuro ir cerrando proyectos, inexorablemente la vida sigue y hay que procurar dejar obras hechas, útiles a la humanidad (no es necesario salvarla de nada, pero la vida creo que está para hacer algo útil)

Hace ya mucho que tuve hijas. Durante mi vida he plantado árboles. Hace ya 10 años que cerré mi proyecto de educación, me jubilé. No he cerrado el proyecto de mi archivo de plantas, entre otras cosas porque necesitaría varias vidas para concluirlo, pero sigo trabajando en ello. Hace esos cinco años que empecé, y acabo de terminar el proyecto del libro. Un par de años después de empezar el libro, empecé el proyecto de Fundación Pep Bonet Capellá. Este es un proyecto que, si evoluciona como me gustaría, nunca veré acabado, sobre todo porque me encantaría que creciera sin fin… Y, ¡vete tú a saber si se me ocurre algo más!

Lo que acabo de escribir igual hubiera sido un buen parlamento para la presentación de “DIÁSPORAS”, pero mi punto de anarquía y presentarme sin un guion me llevó a decir cualquier otra cosa… que, seguramente, venía a ser lo mismo.

¡Ya tenemos presentación de «DIÀSPORES, Fruits i llavors de la Flora balear, DISPERSIÓ»!

¡Ya tenemos presentación de «DIÀSPORES, Fruits i llavors de la Flora balear, DISPERSIÓ»!

Como os avanzamos en el anterior post, nuestro fundador Pep Bonet Capellá es co-autor de un libro junto a su compañero Pep Lluis Gradaille, que se presentará el próximo viernes en Palma de Mallorca.

El Jardín Botánico de Soller https://jardibotanicdesoller.org/es/, que es la gestora que lo comercializará, acaba de anunciar la presentación oficial, el próximo viernes, día 8 de abril a las 19h, en la Fundación Sa Nostra de la C/ Concepción, 12 de Palma de Mallorca.En mi nombre y en el de fundacionpepbonetcapella.com, os invitamos al acontecimiento.

Historia de uno de nuestros archivos

Historia de uno de nuestros archivos

El último artículo publicado en este blog fue el referente a la equivocación que cometí, hace muchos años, al confundir los estigmas y anteras de Cytinus hypocistis con las semillas de dicha planta (se puede consultar)

Las cosas no suceden porque si, el descubrir el error (y subsanarlo) fue debido, primero a que algo he aprendido con los años, en segundo lugar, que llevo años preparando la edición de un libro, precisamente sobre semillas y uno se vuelve más observador y, en tercer lugar, que, en una excursión a la zona de Muleta, en Sóller, encontramos el otro Cytinus, el C. ruber, que, rápidamente pasó a engrosar los archivos de la Fundación.

Veamos la historia de esta nueva referencia. Nuestro archivo más importante, y en el que llevamos “toda la vida trabajando”, es botánico. Empezamos con flores y terminamos especializados en frutos y semillas. Pero las plantas crecen, libres, en el campo, a veces en el campo de al lado y otras en lo más alto y recóndito de la montaña. Para eso nuestro primer contacto suele provenir de excursiones, paseos o, directamente, de expediciones de herborización.

En el caso de C. ruber, nuestro primer contacto fue en una salida de herborización del Jardí Botànic de Sóller. Un experto y algunos aficionados recorríamos una zona de la Tramontana buscando e identificando plantas, incluso recogiendo las más significativas para montar pliegos de herbario para posteriores trabajos científicos. En el lugar adecuado, debajo de un Cistus, apareció un Cytinus parasitando y que fue identificado como C. ruber.

Como no estaba en el archivo de la Fundación, empecé el protocolo de documentación. En este tipo de salidas en grupo, botánicas o no, con una meta clara de cubrir territorio, de explorar la mayor superficie posible, jamás llevo el equipo fotográfico “potente”. Hay varias razones, pero la más importante es que, aunque sean fotos de campo, hacer un documento para la posteridad, documentar una planta que, quizá, pueda terminar ilustrando un trabajo de investigación importante, implica “montar un estudio in situ”. Si visitáis el blog de la Fundación encontraréis algunos artículos, precisamente, de cómo hacemos el trabajo de campo, por ejemplo “TÉCNICAS EN LA FOTOGRAFÍA DE CAMPO”.

Queda claro que una serie de fotos “como Dios manda” implica parar, extender cámara y muchos accesorios, controlar encuadres e iluminaciones, soportes, reflectores, protecciones al viento, etc. No es descabellado dedicar una hora a una planta y aprovechar para tomar una serie de fotos técnicas, científicas y artísticas que formarán el primer corpus de nuestro archivo. Ya que se ha encontrado un taxón nuevo para la Fundación, lo lógico es sacarle el máximo provecho, pero esto es incompatible con un grupo de botánicos que están haciendo otra cosa. Por eso, en las salidas de grupo, lo máximo es llevar una cámara pequeña, sin accesorios, para tomar alguna instantánea de referencia.

Esto implica que habrá que hacer otra excursión al lugar de la planta, esta vez en solitario (o acompañado de gente dispuesta a parar por tiempo indefinido (a veces otros fotógrafos, porque en la Fundación lo compartimos todo, incluso nuestros “modelos”) provistos del equipo “serio”, dispuestos a dedicar todo el tiempo necesario a inmortalizar la planta hallada.

Pero no acaba aquí, nuestra especialidad son frutos y semillas, que suelen seguir a las épocas de floración. Pero, a efectos de documentar, es importante tener una secuencia de la vida de la planta, en ocasiones puede ser interesante desde la salida del cotiledón, tronco, hojas, textura de la planta, flores, etc. Esto permitirá documentar cualquier trabajo sobre dicha planta y, por descontado, representa hacerle tantas visitas como sea necesario. En el caso de plantas raras, de poca dispersión y encontradas en lugares remotos, significa hacer expediciones remotas y, por tanto, pesadas, a veces desagradables.

Retomando a nuestro C. ruber, por falta de disponibilidad sigue pendiente hacer la documentación de alta definición, en este momento solo tenemos las fotos de campo que se tomaron con una cámara casi compacta, una Panasonic Micro 4/3 de 12 Mpx. Para una publicación en A4, sin grandes reencuadres, es suficiente, pero siempre hay que prever que la foto pudiera ilustrar un cartel de presentación de algún acontecimiento con medidas cercana o superiores al metro… y, en este caso, nuestro archivo es insuficiente para un trabajo de calidad.

Lo que no podíamos dejar pasar era la fructificación, se hizo otro desplazamiento a Muleta (Sóller) para recoger unas muestras de planta completamente desarrollada, con las semillas ya maduras, entre otras cosas porque las semillas (y en particular estas semillas que tienen un tamaño de unos 0,2 mm) no se pueden fotografiar in situ con una cámara compacta, en plan “salir del paso”. Hay que realizar un trabajo de macro extremo, con cámaras especiales, con técnicas que también hemos publicado en nuestro blog (hay varios artículos) y, ya que estamos, usando la cámara más potente que tenemos, una Fuji DFX50 de 50 Mpx.

Así y todo, en el caso de C. ruber, hicimos una primera serie de semillas que resultaron inmaduras. Hubo que volver al sitio pasado un tiempo y volver a recoger muestras mas granadas, con las semillas mas maduras. En el caso concreto de los Cytinus se da el caso de que las semillas crecen en una melaza (por cierto, dulce y con algunas propiedades medicinales) lo que dificulta mucho sacar buenas fotos de ellas, cosa que se soluciona dejando secar la planta durante semanas.

Como habrás ido siguiendo, amigo lector, estos archivos, que puedes consultar en nuestra web, fundacionpepbonetcapella.com y que podemos compartir contigo (siguiendo las normas de la Fundación), son el resultado, a veces, de años de seguimiento, de múltiples desplazamientos, de largas excursiones, a veces repetidas, de días de trabajo físico e intelectual, de muchas horas de ordenador, para apilar, montar, limpiar, retocar luces, etc. Excuso contar que ha habido plantas, como fue la Merendera filifolia, que nos dieron esquinazo durante tres años para unir flores, frutos y semillas. O las veces que hemos encontrado la planta, pero parasitada hasta el extremo de no encontrar semillas, solo gusanos… ¡Nos ha pasado de todo, y más que nos pasará!

En fin, la Fundación, aparte de la seriedad que la caracteriza, también son estas historias del quehacer diario y nuestros archivos, que están sacados de la realidad, implican todas estas situaciones y más. Por tanto, si crees que nuestro trabajo resulta interesante, compártelo, difúndelo, quizá en tu caso concreto solo te sirve de entretenimiento o curiosidad, ¡un placer por nuestra parte! Pero puede haber gente, estudiantes, docentes, investigadores, incluso comerciantes, que puedan aprovechar nuestros archivos para mejorar SUS TRABAJOS, sean de investigación o difusión y, para la Fundación, esta es su razón de ser.

De cómo confundir una flor con una semilla y tardar años en darse cuenta.

De cómo confundir una flor con una semilla y tardar años en darse cuenta.

La Fundación Pep Bonet Capellá nace, como bien se explica en nuestra presentación, de una pasión por la fotografía. El haber elegido, mayormente, la temática de flores, frutos y semillas nunca vino motivado por conocimientos de Biología y de Botánica. Fueron modelos que nos cautivaron (“me cautivaron”) por su estética, las flores, y más tarde por su topología, las semillas.

Para evitar que se nos critique por complejo de inferioridad, sí que presumimos de expertos fotógrafos en el apartado macro e incluso presumimos de buenos técnicos en mecanización, véanse si no los varios artículos de nuestro blog, referentes a construcción y uso de cámaras de fuelle o algunos artículos sobre óptica.

¿A qué viene este preámbulo? Pues a que esta campaña hemos corregido un error que cometimos (“que cometí”) bastante antes de convertir mi archivo en una Fundación.

Este artículo me parece importante, sobre todo, para esta gente joven que comienza, que entiendan que lo importante es aprender cada día y que la modestia y saber asumir (y rectificar) errores es algo que dignifica a la persona. No en vano existen los refranes “equivocarse es de humanos” y “rectificar es de sabios”.

Empecemos, no como excusa sino como historia de una confusión, viendo la fascinación de lo que hacen las plantas con sus semillas para reproducirse y, sobre todo, para dispersarse.

Las semillas son la cosa más rara del mundo, todas tienen formas especiales, para salir volando, para clavarse en la tierra, para almacenar humedad, para que las mordisqueen las hormigas, etc, etc. Si nosotros fuéramos gente preparada en biología, seguro que las mil formas, apéndices, deformaciones, grietas, costillas, darían para un apoteósico artículo, quien sabe si para una investigación formal… Pero bueno, nosotros hacemos fotos y ahí dejamos “eso”, por si algún biólogo “ve tema”.

Evidentemente, ante tal cantidad de presentaciones (y mi falta de rigor científico), esas cosas blancas de las fotos del encabezamiento se me antojaron semillas, ¿qué podían ser si no? A decir verdad eran residuos de unos Cytinus hypocistis recogidos avanzado el verano y totalmente resecos.

Dicen que la ignorancia es muy atrevida, en la foto de la izquierda se aprecian, perfectamente, unos bultos redondeados, hoy se que son ovarios, y coronándolos, negruzcas, las flores femeninas y, en la planta de al lado, la que no tiene engrosamientos, hay una cosa blanca, más definida en la foto de la derecha, estambres de la flor masculina… ¡lo que confundí con semillas!

Todo esto sucedió hace unos veinte años, desde entonces algo he aprendido y ahora, en la campaña de este año,  he actualizado el archivo del Cytinus hypocistis, se han documentado los dos tipos de flores y ya hay fotos de las semillas… Diré, como excusa de mal pagador, que son semillas minúsculas, miden entre 0,1 y 0,2 mm, de hecho casi invisibles a simple vista y están, evidentemente, en el interior del ovario, no coronando la planta.

En fin, lo cierto es que para llegar a estas últimas cuatro fotos hubo que empezar por las primeras y leer mucho. Pero, ¡llegar hemos llegado!

Si el artículo te ha parecido interesante, no dudes en difundirlo, el espíritu de la Fundación está en difundir y compartir las fotos que hacemos y, por qué no, compartir nuestra forma de entender la vida.

La “carrera armamentística” o cómo se llegan a tener fotos macro-extremas de muy buena calidad.

La “carrera armamentística” o cómo se llegan a tener fotos macro-extremas de muy buena calidad.

En algunos comentarios de “mi historia” he dicho que llevo más de 30 años haciendo fotos de plantas (emplear la palabra botánica, dados mis conocimientos, es demasiado presumir)

Debo reconocer que entré a hacer fotos de flores por una crisis de creatividad, no se me ocurría ningún tema interesante, y, por casualidad, hice una florecilla… y llevo esos más de 30 años, obsesionado con en el tema.

Más o menos coincidió la cosa con un pequeño golpe de suerte, unos dineros extras con los que no contaba, y realmente empecé mi archivo botánico con una cámara Mamiya 645 (ya nunca más volví al formato 24×36)

Ciertamente, mis conocimientos de fotografía eran limitados, autodidactas, recogidos en artículos de revistas y algunos libros de fotógrafos ilustres. Había “aprendido” con una cámara de 35 mm y había hecho algo de macro con anillos de extensión. La Mamiya 645 ya la compré, directamente, con un objetivo macro que me resultó totalmente insuficiente, la calidad era correctísima, pero yo “exigía más”. Para los fotógrafos de hoy, digitales todos ellos, quiero hacer notar que estoy hablando de principios de los 90 cuando el “apilado” ni se le conocía, “ni se le esperaba”. También esta época coincidió en que pasara a dar clases de fotografía en un instituto de Imagen y Sonido lo que me aportó bibliografías de las que yo desconocía su existencia y donde me sentí en la necesidad de superarme a mí mismo, en la necesidad de enseñar algo más que un escueto programa.

Fue cuando aprendí el funcionamiento de la cámara técnica, cuando me enteré de las leyes de Scheimpflug, cuando, después de haber invertido el sueldo de casi dos meses de trabajo en mi Mamiya 645, descubrí que la cámara que yo realmente quería valía 5 o 6 veces más (por descontado que no había ningún otro “pequeño golpe de suerte” ni ningún otro dinero extra) y que no me la podía costear… ¡fue el momento exacto de empezar mi larga vida de chapuzas!

Hice un experimento, interesante, que fue comprar de enésima mano una cámara técnica “Calumet” por cuatro chavos, la foto que encabeza este artículo, y un objetivo “profesional” para foto de estudio, un Apo-Symmar 135/5,6, francamente bueno (por el estado actual, visible en la foto, no hay duda de que está más que amortizado… ¡y sigue en activo!)

La mejora en definición fue espectacular, dejé de estar sujeto a las limitaciones del objetivo y pude empezar a mejorar la profundidad de campo.

En fotografía, el enfoque es una parte importante del lenguaje. Para los paisajistas es el menos básico de sus recursos, puesto que una gran parte de sus imágenes se enfocan a infinito y hasta se pueden permitir recurrir a la hiperfocal. Para los retratistas se convierte en imprescindible, ya que la expresión de unos ojos o la sensualidad de unos labios se pueden reforzar diluyendo el entorno con un desenfoque selectivo… y, para esto, la profundidad de campo es una gran aliada.

En fotografía macro, ¡por unos milímetros más de profundidad de campo, el fotógrafo “mataría”! En mi web ya hay un artículo explicando eso de la profundidad de campo.

El problema de la fotografía macro es que se trabaja con el sujeto muy cerca del foco del objetivo, prácticamente “metiendo el objeto en el objetivo”. La cuestión de profundidad de campo es un simple problema física y fisiología del ojo, nosotros, los humanos, no conseguimos “ver” cosas más pequeñas de unos 0,2 mm mientras que el foco es físicamente exacto (si no tuviéramos esta carencia de visión, todas las fotos tendrían un punto exacto de enfoque)

Esta zona de “duda” hace que apreciemos detalles en profundidad. En los paisajes que están muy lejos de objetivo “vemos detalle” tanto en primer plano como en el infinito. En los macros, donde el sujeto está muy cerca del objetivo es normal ver bien solo parte del escarabajo o de la flor o de lo que sea, el resto se ve desenfocado… y la mayoría de veces este desenfoque nos molesta.

Una solución para aumentar la profundidad de campo es cerrar el diafragma, algo se gana, pero el objetivo no tiene infinitos diafragmas y, además, a partir de un determinado cierre, lo que se mejora en profundidad de campo se pierde en dispersión de imagen, por la dispersión de la luz… ¡en toda la imagen enfocada! Esto es todo lo que se puede obtener de un buen objetivo macro, como el que compré con la Mamiya.

Otra solución está en recurrir a las técnicas de Scheimpflug, cosa que solo puede hacerse con una cámara de banco óptico o cámara técnica. Dado que la fotografía digital y el apilado de imágenes han dado mejor solución al aumento de la profundidad de campo, me abstendré de explicar las citadas técnicas, que por otra parte están más que publicadas en nuestro almacén de conocimientos, en San Google, los Dioses nos lo conserven.

Esta solución, si bien me resolvió la nitidez de mis macros de florecillas, me resultó extremadamente incómoda, en todos los sentidos. La cámara de banco o cámara técnica pesa varios kilos, es voluminosa como un par de cajas de zapatos y usa una película de 10×15 cm, espectacular en cuanto a calidad y definición, pero muy incómoda porque las fotos hay que cargarlas de una en una y, además, es una cámara lenta y complicada. Primero se pone una pantalla de enfoque y luego, quitándola, se sustituye por la película, todo ello sin mover la cámara, obligadamente sobre un buen trípode, más pesado que la cámara.

Entonces, dado que mi formación es técnica, que se mecanizar, se usar torno y fresadora, que tengo los conocimientos de taller de un Maestro industrial… y que tenía un amigo que me dejaba usar sus instalaciones (mi amigo Carlos Campins, los Dioses le hayan acogido), decidí compensar el dinero que no tenía con el tiempo que si me sobraba y mi capacidad de fabricarme una cámara de banco que conectara mi reciente objetivo Apo-Symmar con la Mamiya 645… En su momento la bauticé como la “BONET I”.

Pero, como acuñó Michael Ende en su “Historia Interminable”… Esa es otra historia que será contada en su momento